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ISSN 1989-4163

NUMERO 65 - SEPTIEMBRE 2015

Desesperanza

Paco Piquer

 

- Con sinceridad, no sabría como empezar – dijo Alberto.

Con un cigarrillo entre los dedos, miraba fijamente, nervioso y excitado, a su amigo Antonio, que, expectante, aguardaba su relato.

- Se que no vas a creerme – su actitud misteriosa aumentaba por momentos.

Antonio, había abandonado precipitadamente su oficina para reunirse con él en un café, ante la urgencia intuida en sus palabras.

- Prométeme que no comentarás esto con nadie – le conminó Alberto, como si lo que fuese a decirle entrañase gran importancia.

- Claro, hombre, seré una tumba – Antonio ardía ya en deseos de conocer sus explicaciones.

- Confío en ti – replicó Alberto. Parecía ya dispuesto a sacarle de su incertidumbre.

- Se trata de Elena. – Antonio enarcó las cejas al escuchar el nombre de la mujer de Alberto. – Se está comportando de un modo muy extraño últimamente.

Elena y Alberto constituían una pareja estable y enamorada y nada hacía presagiar que algo extraordinario pudiese turbar su existencia equilibrada y regular.

- Hace ya unos meses que habla en sueños. Al principio, no le di importancia y me limité a volverme en la cama y seguir durmiendo. – Alberto comenzó su relato – Pero sus palabras, que al principio sonaban inconexas, fueron volviéndose trascendentes, con sentido. Como si alguien conversase con ella. – suspiró mientras encendía un nuevo cigarrillo y escrutaba la mirada de Antonio, que permanecía inmutable, como si no tuviese todavía elementos suficientes con que juzgar su confesión.

El ambiente ruidoso y cargado de humo del café en que se encontraban, no eran el marco adecuado para aquella confidencia y Alberto parecía no poder concentrarse en sus explicaciones y darles el tono serio y exacto que pretendía. De pronto, se levantó.

- Déjalo, Antonio. Ya te lo contaré otro día – le dijo, mientras arrojaba unas monedas sobre la mesa. – De todos modos, no creo que esta historia pueda interesarte.

Y dejando a Antonio entre irritado y preocupado, abandonó el local, mezclándose con la gente que transitaba por la acera.

Antonio se encogió de hombros. No sabía que pensar ante aquella actitud inusual de su amigo y, decidiendo no conceder importancia alguna al hecho, regresó a su oficina. Lo único que lamentaba era haber perdido momentos preciosos en una jornada especialmente densa de trabajo.

Acurrucado en el lecho, Alberto aguardaba, fingiendo dormir ruidosamente, las palabras de Elena. Pero sólo el silencio y su respiración leve poblaban la noche. Finalmente le venció el cansancio y sucumbió también él a la niebla del sueño.

Había perdido la noción del tiempo cuando le despertó aquella frase, que escuchó entrecortada por un llanto suave.

- ¿Qué puedo hacer?

Alberto se dio la vuelta en la cama, dándole la espalda, de modo que Elena no pudiese captar la atención con que escuchaba.

- Eso es imposible. Imposible.

La angustia se apoderó de nuevo de Alberto. Mil preguntas sin respuesta se agolpaban en su mente. ¿Con quién hablaba, Elena? ¿Qué era imposible?

Tuvo deseos de despertarla y pedirle que le explicase que era todo aquello, pero su curiosidad pudo más y decidió seguir escuchando.

No hubo más palabras. De pronto, Elena, despacio, abandonó el lecho, casi imperceptibles sus movimientos, como temiendo que él se diese cuenta. Transcurrieron unos minutos y no regresaba. Alberto se levantó sin hacer ruido. Aún no había amanecido y la oscuridad le impedía ver donde ella se encontraba.

Elena surgió tras él, sobresaltándole. Como un fantasma.

- Me has asustado – dijo Alberto - ¿Qué haces levantada a estas horas? ¿No te encuentras bien? – preguntó mientras cubría con su abrazo el cuerpo de su mujer, que tiritaba de frío.

Sin contestar, Elena se apretó contra él. Alberto sintió sus pechos firmes a través del liviano tejido del camisón que vestía y como su sexo buscaba el suyo en una presión que le invitaba a continuar las caricias. Sus bocas se unieron casi con desespero y se amaron allí mismo, sobre la alfombra, con una extraordinaria urgencia. Con un ardor que no sentían hacía ya tiempo.

Saciado aquel entusiasmo inesperado, regresaron al dormitorio y Alberto recuperó pronto su sueño, ignorando que Elena permanecía despierta hasta el amanecer musitando, de tanto en tanto, palabras que él, dormido, ya no podía oír.

- Olvídame.

- Olvídame.

 

Cuando Alberto despertó, un frío revoltijo de sábanas vacías, donde hasta hacía unos momentos dormía su esposa.

Y después la búsqueda desesperada, por la casa desierta, por la vecindad, por la ciudad entera.

Y la pregunta incontestada, a lo incomprensible de aquella desaparición inesperada, a la soledad que llevó a Alberto a enfermar de incertidumbre y de amor. ¿Por qué? ¿Por qué?

- ¿Cómo te encuentras, Alberto? – Antonio preguntaba a su amigo, mientras observaba su semblante cansado y envejecido.

- Mejor, mejor – la mirada de Alberto era fría, perdida. - ¿Sabes? Anoche hicimos el amor.

Antonio suspiró, comprensivo. Tratando de seguirle la corriente. Como al principio, cuando se limitaba a citarle para contarle su extrañeza por las conversaciones que su esposa mantenía en sueños.

Las visitas a su amigo se espaciaban cada vez más. No soportaba ver a Alberto en aquel estado. Desde que Elena se marchó, su vida se había ido convirtiendo en un infierno, en un camino que había desembocado en aquel lugar inhóspito en el que ahora se encontraba. Aguardando un regreso improbable.

Pero, ahora, Elena había resucitado en su imaginación enferma para condenar a Alberto a un imposible olvido.

Antonio no se atrevía ya a contradecirle y comprendía que en sus mentiras, Alberto hallaba un bálsamo para su soledad.

- Bien. Ya me iba – Antonio se levantó. En sus ojos se reflejaba el llanto de la impotencia.

- Espera un ratito. Debe de estar a punto de llegar y se alegrará de verte – Alberto le retuvo la mano.

- Lo siento, debo marcharme. Tengo un poco de prisa – Antonio se sentía cada vez más incómodo en aquel lugar.

- Claro… claro, las obligaciones. Saludaré a Elena de tu parte – contestó Alberto, soltándole la mano – Espero que la próxima vez que vengas no haya salido como hoy. Las compras. Las amigas. Ya sabes…

Unas enormes cristaleras dejaban pasar la luz fría que iluminaba la inmensa sala blanca, donde Alberto se quedaba solo con sus pensamientos, acompañado por otros que, como él, carecían ya de esperanzas y de aquella presencia eterna e invisible que le aguardaba para subir juntos el último peldaño.

- Acaba de marcharse Antonio, Elena – su voz rebotaba, como en un frontón cruel, contra las paredes desnudas. – Volverá otro día. – y añadió - Le he encontrado algo cansado.

Los rostros de crueles y estúpidas sonrisas le miraban sin verle y sin oír sus palabras.

Tampoco las escuchaba Antonio que, en el jardín del manicomio, aspiraba entre sollozos el aire tibio de la tarde .

 

 

 

 

Desesperanza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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